Cada vez que le digo a mi hijo “hoy vamos al centro a ver que tal ambiente hay”, su respuesta no se deja esperar: “Mamá el centro es una ciudad fantasma”. Y yo no me atrevo negárselo. El pasado invierno he recorrido la calle Larga, Luna y Palacios en varias ocasiones, y en pocos minutos ya estaba en el aparcamiento cogiendo el coche con una sensación de nostalgia impresionante y con unas ganas locas de salir corriendo. Especialmente, al recordar que hasta hace varios años pude disfrutar de casi todos sus rincones, que entonces estaban a rebosar y que si se caracterizan por algo hoy en día es por estar totalmente vacíos.
En los últimos años nuestro centro tiene vida durante el horario bancario. Es decir, cuando las sucursales instaladas a lo largo y ancho de todas sus calles cierran sus puertas, los transeúntes desaparecen rápidamente sin dejar rastro alguno de su paso. El cambio es tan brutal que estoy segura que los escasos habitantes que quedan pueden dormir sus siestas diariamente sin ser molestados por el agobio del tráfico. Los escasos esfuerzos que los distintos gobiernos municipales han efectuado para intentar revivirlo han sido totalmente inútiles. Hasta tal punto se ha llegado, que creo firmemente, que se deberían entregar medallas al mérito a los propietarios de los antiguos comercios y establecimientos hosteleros que aún permanecen en su sitio y también a aquellos que un día valientemente decidieron adquirir una vivienda en sus calles.
Es claro y notorio que la ciudad en los últimos años ha ido creciendo cada vez más alejada de su centro y hay numerosas zonas comerciales y de ocio de tal categoría que nos alejan cada vez más de ese centro, que por otro lado, no cuenta con atractivos suficientes como para que merezca la pena dejar el vehículo en la quinta puñeta cuando en las grandes superficies comerciales te ofrecen el oro y el moro y encima aparcamiento amplio y cómodo. Nuestro centro necesita un revulsivo urgente y una apuesta real, valiente y definitiva para revitalizarlo y convertirlo en un punto de referencia. Es una pena que cuando paseas por la calle Larga de una localidad vecina no pares de encontrarte a portuenses de toda la vida disfrutando de su gastronomía en sus excelentes terrazas y de sus numerosísimas tiendas. El centro de El Puerto se merece más preocupación, cuidado y, sobre todo, mucha inversión.

